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Meditación, la mecidina del alma

Hace algún tiempo ya que no hablaba sobre la meditación. Y hoy he leído un guión que me pareció muy bonito en el blog de Stuart y que me gustaría hacerlo llegar también a los que leéis este blog.

“Un lugar de poder”
….Imagina que te has transportado a un lugar de poder, a un espacio de amor y sabiduría. Visualiza este lugar, siéntelo, respíralo, ocúpalo plenamente con todo tu ser. Ahora estás allí sentado, meditando, relajado, atento. Reflexiona sobre tu viaje espiritual – ¿qué heridas necesitas sanar? Mantente abierto, receptivo a lo que surge….

Receptivo a lo que surge”, esta creo que es un frase esencial en la meditación, es una actitud que debemos tener durante la práctica, sin intentar controlar nada, porque nada hay que hacer, solo dejar espacio para lo que surja.

Cuando yo empezaba a practicar meditación, seguramente por mi ignorancia creía que tenía que intentar evitar los pensamientos que me distraían, que tenía que conseguir detener los procesos mentales, y eso me parecía no solo una cuestión muy difícil, sino casi imposible.

Llegó sin embargo cierto día donde sólo me senté para estar, sin intención ya de alcanzar lo imposible.

Me senté sólo para estar y fue entonces cuando de repente sentí con claridad aquello que racionalmente no comprendía, no hice nada, solo dejar que los pensamientos y la actividad mental se produjese de forma natural, sin cortapisas, sin riendas; y ése fue uno de los momentos más gratificantes en la práctica.

De repente desapareció el parloteo mental, la implicación con esa conversación interminable y solo hubo silencio.

Un silencio distinto, gratificante, pleno, ya no existían las palabras, solo una sensación de calma infinita, de absoluto no medible, no calificable, no cuantificable.

Desde aquel momento, la meditación es mi medicina para el alma, cuando me siento a meditar sé que no tengo ninguna meta que alcanzar, mi cuerpo y mi mente se disponen a un único objetivo, por decirlo de algún modo aunque con palabras es muy difícil de explicar  porque el lenguaje nos limita, que es estar presente y estar receptiva a lo que surge.

Sin objetivos, sin juicios, solo observando los procesos, y permitiendo que se produzcan o no.

Ésta como digo fue mi experiencia, pero cada uno debe descubrir la suya propia, no vale lo que dicen los demás, la experiencia ajena sólo es eso, ajena.

Solo la experiencia propia nos permite crecer.

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